viernes, 6 de julio de 2012

Me extingo en mi Leteo




Abuela, ¿en qué lugar desemboca el río de tu vida?  ¿Se une violentamente al vasto mar, o su caudal es suave con los peces?
Yo timoneé sobre mi río, navegué sobre su pecho cubierto de espuma negra, soñé sobre sus olas suaves y tibias, surqué extasiada el negro profundo de sus ojos, canté mientras hundía mis talones en la arena de sus orillas.  Fui profundamente feliz.  Profundamente.
Pero mi Leteo tiene vida propia.  Esculpe en sus piedras su rechazo.  Desea ser un geiser que me arroje calcinada.  Nunca deseó que yo ahogara mis miedos en su profundidad.  Jamás quiso permitir que yo socavara su fondo pedregoso para sepultar mi vida.  Desea no haberme unido a su flujo lento y abundante que, en mi profundo delirio, creí navegar con la mano alzada y rozando el sol con los dedos.  Nunca el viento fue en barlovento.
Mi Leteo tiene vida propia.  Ha decidido llevarme río adentro, acá, donde la corriente se dibuja con líneas suaves y violentas.  Intenta ahogar a mi alma que, sin darme cuenta, buscó tripularlo.  Me hundo.  Intento emerger, pero su profundidad me oprime el pecho, me exprime los miedos que jamás se fueron.  Mis ojos, lentamente, como si lo hubieran hecho ya desde la eternidad, aumentan su lento y amplio caudal.
Abuela, ¿tú llegaste al mar?  ¿Navegaste sobre una laguna o sumergiste los pies en un arroyo?  Dime, ¿hasta cuándo llegaré yo al mar?  ¿Será más profundo que este vacío que ahora me succiona el alma?  Abuela, he bebido del agua del Leteo de mi vida, mi voz y mi llanto ahora son inaudibles y he olvidado al mundo.  Dime ¿hasta cuándo llegaré yo al mar?

martes, 5 de junio de 2012

La Donna del latte



Abuela, recuerdo las imágenes que llenaban tu oratorio. Por las tardes, a la hora de rezar el rosario, todas las imágenes que era posible ver era de vírgenes sosteniendo a un niño.  Algunas de ellas se les asomaba un pecho entre su ropa elegantísima; otras, con el niño de rostro apacible alimentándose de su seno; todas rodeadas de ángeles, flores y aves. ¡Qué rostros tan puros! ¡Qué imágenes tan plácidas!

Tú tuviste ocho hijos, y dime ¿pensaste alguna vez que la lactancia era algo en común entre tú y tus vírgenes venerables?  ¿Sentías algún poder ilimitado que proviniera del líquido que de ti fluía?  Sé que habría sido demasiada osadía.

El hecho práctico de la lactancia está descrito en muchos libros de biología.  Ahí se habla de glándulas, fluido corporal, alveolos, prolactina, hormonas, pituitaria, oxitocina y muchos términos más.  Pero no está descrita la imagen sorprendente que surge del interior de una mujer que amamanta: somos madres y nuestro ser, completo y total,  —no el moral,  ni el anímico, alegre o amargo, sino el fuerte, el de aliento vital y potente— está ahí, en el líquido que rezuma de nuestro pecho, para ofrecerlo a los hijos que la vida nos da.
La lactancia es paradójica.  Aunque sea natural que una madre pueda amamantar después de dar a luz, nada garantiza que lo haga, ya sea por enfermedad o por decisión.  Es por eso que en la historia humana ha sido incluso legislada por gobernantes, ha sido infravalorada ante la fórmula láctea, y en estos tiempos, abuela, es sobrevalorada.
Dicen los psicólogos que en el pezón se crea el mundo.  En el instante de satisfacción en el que un bebé descubre que existió una necesidad, él crea el pezón, crea a la madre, a la habitación y al mundo entero fuera de ella.  No se trata del hecho obvio de que para que exista una madre, debe haber parido un hijo.  Se trata de ese instante en el que estas ahí, dispuesta, atenta, esperando el momento en que cada hijo tuyo te da vida a ti misma.
Abuela, nuestra leche no es mejor que nosotras mismas.  Nunca pretendemos que alimentamos a quien pudiera dar vida eterna a todos los hombres.  Amamantar es acunar el privilegio de ver los ojos que más tarde, con los años, brillarán al observar los cientos de estrellas desperdigadas ahí, en la que llamamos Vía Láctea.

martes, 6 de diciembre de 2011

Madre, abuela: chispas de vida dentro de la arcilla humana





Abuela, pareciera que he implosionado.  Pareciera que algo hubiera provocado guardarme en mi propio cuerpo; algo fuerte y terrible que tal vez se parecería al fuego que incendió los cañaverales de mi abuelo; algo ardiente que me haría crepitar como la broza dentro de los hornos. Así ha parecido.
Pero todo ha sido provocado por una nueva fuerza, una desconocida por mí, pero sin saber exactamente cómo, siento que es realmente grande.  Sé que te avergonzará lo que te diré, pero todo ha sido provocado por un óvulo fecundado.  Esa pequeña parte de mí ha transfigurado no solamente mi cuerpo, sino también mi mente, haciéndome sentir como un cascarón protector, abrigadora y resguardada a la vez.
Venerable es la vida, abuela.  A la mitad de la gestación, tú, mi mamá y yo, ya contábamos con la cantidad total de óvulos que nos acompañaría toda la vida, y así sería, hasta el final de nuestras vidas, si no fuera porque en ese mismo momento, a las veinte semanas dentro del vientre de nuestras madres, estos comienzan a morir hasta la edad en que llega a la menopausia.  Pero la cantidad que vive en ese periodo, es enormemente prodigiosa y contiene el orden, el mandato, el equilibrio requerido para saber si una célula puede prosperar para formar un nuevo ser o no.
¿No es sublime, abuela?  Por supuesto que he sentido todo ese ardor que incendia y da vida, ese crepitar que devora y que en los campos otorga vida.
¿Sabes que en mis sueños he podido volar y comer una pomarrosa contigo?  El aroma, la textura y la redondez de la fruta no parecían parte de la visión, ni tus manos ásperas partiéndola en dos, ni tu boca reseca masticando esa poquísima carne amarilla de la pomarrosa.  Es por este sueño que hoy me he quitado unas cuantas de esas capas protectoras y te escribo, y te agradezco por la vida que acunaste.

Todos los hombres de todos los tiempos
aprendieron a hablar con esta palabra,
las luces de los cielos se encendían oyéndola,
los árboles de la tierra florecieron escuchándola,
y los pájaros la cantaron en sus nidos
y en el bramido de las fieras retumbaba.

Cuando nació la vida, todo dijo:
¡Madre luz!
¡Madre tierra!
¡Madre agua!
Y se prendieron los fuegos de los sacrificios

en las cimas broncas de las montañas.


(Antonio Médiz Bolio, “Mater Admirabilis")