jueves, 17 de marzo de 2016

¿A dónde se van los sonidos diáfanos?




Abuela ¿a dónde se van los sonidos que nos hacen felices?

¿En dónde guardas tú el sonido del viento que sopla los cañaverales, el del llanto de tus hijos, el del río crecido, el de la cereza de café arrancada, el canto de los pájaros, el del caminar de las mulas, el tronar del fuego de la zafra?

La risa de mi hija ¿dime en dónde he guardado yo ese sonido? Es tan suave como un remolino en un arroyo, tan corta como el zumbido de una abeja, tan diáfana como el agua que toca las piedras en la orilla de un río.

Escucho el llanto de mi hija y el sonido se va de mí como agua entre las manos, como pez en la corriente del río; luego de calmar su hambre o dolor, ya no se escucha más, ya no existe más en mis oídos.

La memoria es tan endeble, abuela dime ¿a dónde se van los sonidos que nos hacen felices? ¿Desaparecen? ¿Es en mi carne que quedan grabados? ¿Es en mis ojos? ¿En las arrugas de la piel?

Dime en dónde se guardan esos sonidos; quiero confiar, como tú, que podré seguir siendo enteramente feliz aunque mis tímpanos nunca más vibren con las palabras de mi hija pequeña.

lunes, 11 de mayo de 2015

Fuiste siete veces madre.



Dices, abuela, que las mujeres somos como la tierra: fértil, amplia y profunda, germina la vida o guarda también la muerte. Protege, alimenta y permite brotar hacia el cielo; cubre, desintegra y reserva la memoria de los que quedan vivos.

Esto de ser madre existe calladamente en el corazón, habita en silencio, como el sosiego de la tierra reposada; habita en cada cosa hecha día con día, como el alimento ofrecido a una semilla germinando. Esta fuerza no se anuncia ni se autoproclama, no por sumisión ni humildad, sino porque el corazón de madre solamente necesita existir en cada acción hecha día a día.

Creo, abuela, que los corazones de las madres se averguenzan cuando permiten el halago jactancioso y la etiqueta de "mejor madre del mundo" ¿Cuántas quisieramos decir lo imperfectas que somos? ¿Cuántas quisieramos limpiar la castidad y la integridad de nuestros actos? Siendo la la vida tan abundante, tan exuberante y llena de posibilidades ¿en dónde cabe la pureza?

Puedo agradecerte muchas cosas como tus manos duras trenzando mi cabello o llevarme a la iglesia aúnque no me gustaba rezar ni escuchar misa; los vestidos con olanes que me regalabas y los ejemplos de niña recatada que debía yo comprender y por supuesto seguir.

No puedo más que respetarte por tu abrazo grande como un campo de maíz, por el sustento de vida que a ti te satisfizo mientras lo ofrecías y que a mí me hizo brotar de entre tus poros hacia las nubes.



viernes, 6 de julio de 2012

Me extingo en mi Leteo




Abuela, ¿en qué lugar desemboca el río de tu vida?  ¿Se une violentamente al vasto mar, o su caudal es suave con los peces?
Yo timoneé sobre mi río, navegué sobre su pecho cubierto de espuma negra, soñé sobre sus olas suaves y tibias, surqué extasiada el negro profundo de sus ojos, canté mientras hundía mis talones en la arena de sus orillas.  Fui profundamente feliz.  Profundamente.
Pero mi Leteo tiene vida propia.  Esculpe en sus piedras su rechazo.  Desea ser un geiser que me arroje calcinada.  Nunca deseó que yo ahogara mis miedos en su profundidad.  Jamás quiso permitir que yo socavara su fondo pedregoso para sepultar mi vida.  Desea no haberme unido a su flujo lento y abundante que, en mi profundo delirio, creí navegar con la mano alzada y rozando el sol con los dedos.  Nunca el viento fue en barlovento.
Mi Leteo tiene vida propia.  Ha decidido llevarme río adentro, acá, donde la corriente se dibuja con líneas suaves y violentas.  Intenta ahogar a mi alma que, sin darme cuenta, buscó tripularlo.  Me hundo.  Intento emerger, pero su profundidad me oprime el pecho, me exprime los miedos que jamás se fueron.  Mis ojos, lentamente, como si lo hubieran hecho ya desde la eternidad, aumentan su lento y amplio caudal.
Abuela, ¿tú llegaste al mar?  ¿Navegaste sobre una laguna o sumergiste los pies en un arroyo?  Dime, ¿hasta cuándo llegaré yo al mar?  ¿Será más profundo que este vacío que ahora me succiona el alma?  Abuela, he bebido del agua del Leteo de mi vida, mi voz y mi llanto ahora son inaudibles y he olvidado al mundo.  Dime ¿hasta cuándo llegaré yo al mar?